miércoles, 7 de diciembre de 2016

El 'Cobre viejo' de Antonio Núñez 'Chocolate' por Carlos Lencero

Cobre viejo reflejo 
de una vida
bebida gota a gota.

El dolor se le nota
aunque ande lejos
de la herida dorada
de su boca.

La soleá está loca
la seguiriya muerde
y el taranto se vuelve,
de pronto, un disparate.

El moreno del duende
se llama Chocolate.

(Versos de Carlos Lencero introductorios a su texto para el disco Cobre viejo, de Antonio Núñez 'Chocolate'. Disco póstumo editado en 2006, un año después de la muerte del cantaor, con nueve cantes y un recitado grabados en 1999 bajo la producción de Ricardo Pachón y con Diego Amaya al toque. Sería uno de los últimos textos escritos por Lencero, quien ese 2006 tomaría la misma senda del gran cantaor que es Chocolate, siempre en presente, ni clásico, ni tradicional, ni moderno o contemporáneo, sólo flamenco. Como el escritor, tal y como se ve en estas letras suyas que vienen a continuación): 

"Creo que los que piensan que el flamenco es, simplemente, una música, se equivocan. El flamenco es una forma de vivir, de ser, de envarar la vida con sus alegrías y sus tristezas. Con Chocolate, al menos en el plano de los cantaores profesionales, desaparece, prácticamente, una forma de ser, de hacer, de cantar. Nacido sorprendentemente en Jerez de la Frontera (Cádiz) en 1931, desde niño vivió en Sevilla. Echó los dientes cantando en 'los cuartitos' de la Alameda de Hércules sevillana y en ventas de los alrededores. Con apenas nueve años le tocó medirse con una generación terrible y genial: Manuel Torre, Niño Gloria, Juanito Mojama, Antonio Frijones, Tomás Pavón, La Pompi, La Moreno. Su primer maestro fue El Sordillo de Triana.
"Decía líneas atrás que nació sorprendentemente en Jerez debido a que Chocolate nunca controló el compás de bulerías ni de los cantes festeros en general. Esta 'falta de cintura' es típica en algunos pesos pesados del flamenco. Pienso por ejemplo en el mismísimo Juan Talega. Cuando Chocolate anunciaba que iba a cantar por bulerías a los guitarristas se les congelaba la sangre en las venas. Así es la vida. Así es el flamenco.
"La grandeza y brillantez del cante de Chocolate hay que buscarla en la toná, en la seguiriya, y en la soleá. Según decía en esta su última grabación en un estudio, la hegemonía y el punto álgido de Sevilla en el cante fueron... los años 40, 50... Superadas estas fechas, el centro dominante irá pasando por Lebrija, Utrera, Alcalá, hasta estabilizarse en Jerez.
"Esta Sevilla del esplendor tenía dos focos bien diferenciados: la incansable generadora de música que fue Triana, y la Alameda de Hércules. En Triana no se cantaba por dinero. El cante estaba controlado por los clanes familiares, por las comunidades de los patios y los corrales, además había que tener un buen padrino para ser aceptado en este círculo fundamentalmente lúdico. Para ganarse la vida, para los profesionales estaban las tabernas y los cuartitos privados de la Alameda. Allí, como en muchos otros lugares del mundo, la música y los músicos convivían con la prostitución, la droga y todo tipo de actividades rechazadas, al menos de palabra, por la clase burguesa sevillana. Ilegal, inmoral, o engorda, decía la copla. Y fue allí, en ese ambiente de gloria e infierno, donde Chocolate se hizo cantaor.

 
"En principio, ni fandangos ni bulerías formaban parte del repertorio que necesitaba un flamenco para ser llamado cantaor. Luego llegaría un momento en el que quien no tuviese un fandango personal no era nadie y después, hasta hoy, la bulería arrasó.
"El cante de Chocolate se mueve entre el cante de la dinastía de los Caganchos trianeros y el cante del Clan de los Pavón: Pastora, esa niña que dio el cante y pasó a la historia como la Niña de los Peines, y Tomás Pavón. Tomás fue el último gran bohemio del cante y Chocolate siempre mostró una desmesurada admiración por él. Desmesurada y merecida. Estas dos ramas de influencia trianera afectarán a Chocolate por tonás, seguiriyas y por soleá. Su respuesta al desafío del fandango fue rápida y contundente. Conocía -y en esta grabación habló mucho sobre el tema- casi todas las variantes: desde el de la Calzá a el Carbonerillo, desde Cepero al Curruco de Algeciras, de Caracol a Escacena... y el suyo propio, el fandanganzo chocolatero ponía los públicos en pie. Muchas de sus letras eran compuestas por él, y yo siempre he pensado que seleccionando y ordenando esas letras podríamos muy bien reconstruir la historia de este país desde antes de la república, en la república y en las distintas etapas del franquismo. Una lacrimógena e intravenosa historia de borracheras y sífilis, de hambre y de besos enfermos o traicioneros, de la falta de amistad y del crimen pasional. Está también en el compás que se conoce como tarantos, en la versión de Manuel Torre, generalmente, donde Chocolate consiguió 'tirar' del público que siempre se lo solicitaba. Y solía empezar con el famoso:

Ay, mi muchacho,
dónde andará mi muchacho
que hace tres días
que yo no lo veo.

"Ande donde ande, Chocolate lo acabará encontrando. Un hombre que adoptó como lema 'en mi hambre mando yo' puede encontrar siempre lo que quiera".

 

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