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viernes, 12 de abril de 2019

La imaginación del arte flamenco

Imaginación. No parece que tenga mucha relación con el flamenco; de entrada como que no entra al hablar de flamenco, y sí la realidad, la vida, las cosas que pasan, de lo que se nutre el cante, así a simple oída.
Y sin embargo, se dice, el flamenco es un misterio. No el de su historia, el de las fechas, el de los personajes, artistas. El misterio esta en su creación, en su creatividad. Misterio, un asunto de la imaginación. Sin imaginación no hay artista que se precie de tal nombre, serán fabricantes. ¿Crees que en Niña de los Peines, Camarón no estaba la imaginación al hacer su arte? O en Agujetas.
¿Recuerdas en el documental de Dominique Abel, Agujetas cantaor, el Cristo que había hecho?
Si nos alejamos del cante (la realidad la vida las cosas que pasan), la presencia de la imaginación se hace más visible. Cuando el toque se aleja del acompañamiento al cante falsetea (la realidad la vida las cosas que pasan) se queda solo: imagina; y el baile sería la aparición total de la imaginación (y no me refiero sólo a Israel Galván, sino a cualquier bailaor/bailaora: por situar un punto, desde antes y después del abuelo Farruco, a ese tipo de nivel, lo bailen gitanos o no gitanos). Qué extraño es el baile flamenco, qué extraño es el toque, qué extraño el sonido de las palmas. 
Las emociones podrían ser esa muestra 'palpable', por sentida, de la imaginación  en el arte flamenco. Pero no se toma como muestra de la imaginación, si no como vulgar definición de lo que es flamenco y para lo que está, 'sirve'; se asocia al flamenco en demasía con el realismo, con portador de la realidad la vida las cosas que pasan. Lorca vio la imaginación en el flamenco; pero se ha preferido llamarlo poesía. Poesía eran los poemas que hacia él. Sus escritos sobre flamenco reflejan el mundo de la imaginación del flamenco. A su estilo. A donde nos está llevando continuamente Lorca al escribir sobre del flamenco es a la imaginación, como sus poesías -no tanto su teatro- llevan ahí, son de la imaginación.
Qué extraña es la imaginación tal y como la presenta, vive el arte flamenco. Tanto que parece que no hay no está, y sólo hay vida realidad y las cosas que en éstas pasan. De ahí que se tienda a detenerse en las emociones, como que eso es lo que transmite y punto final. Si fuera así no sería un arte, sería un producto o una canción más, Harry Potter. 
Luego está la risa de la imaginación. ¡Un delirio!
Espero que a no tardar mucho puedan leer la novela del amigo Paco López. Y puedan sentir ver incluso la imaginación y del flamenco. Mientras: ¡Salud a todos los flamencos!

 

domingo, 4 de marzo de 2018

Agujeta el Viejo, Manuel Agujeta, Antonio Agujeta: "Tres generaciones" (y 2), por J. M. Velázquez-Gazrelu

(Continua de la entrada anterior)

LA FAMILIA

La casa jerezana de los Agujetas está emparentada con otras de semejante estirpe, como los Moneo, los Chaqueta o los Rubichi, dedicadas en el pasado a los trabajos agrícolas, a la fragua o a faenas eventuales de la más variada especie. Manuel de los Santos Gallardo, Agujeta el Viejo (Jerez de la Frontera, 1908-1976), fue guardagujas, y de ahí el nombre, que ya ha quedado para identificar a esa rama de la familia. El cante y el trabajo marchaban juntos y ese paralelismo producía unos efectos inmediatos en la calidad de las interpretaciones, en el sabor y en unas características muy determinadas según las dinastías. De ahí nacieron las peculiaridades musicales que definen cada linaje, y la de los Agujeta es muy rica en matices diferenciadores y, por lo tanto, perfectamente identificable.


A principios de los años 70, Mario Gómez, Pedro Turbica y yo estuvimos en Rota, una localidad de la provincia de Cádiz, para rodar unas secuencias en casa de los Agujeta. A lo largo de la filmación, surgió esta charla de la que escojo  algunos fragmentos que pueden ser ilustrativos, y donde intervenimos Agujeta el Viejo, su hijo Manuel de los Santos Pastor, Agujeta (Rota, 1939), el guitarrista Parrilla de Jerez y yo. 

Manuel Agujeta: Mis principios como cantaor fueron aquí, en Rota, escuchando a mi padre y trabajando en la fragua. Lo que he aprendido ha sido de él; lo otro me lo ha dado Dios ¿no? 
Velázquez-Gaztelu: ¿Y en su familia había muchos artistas? 
M. A.: Hubo buenos artistas. 
V-G.: Además de su padre, quién más. 
M. A.: Hombre, ahí estaba mi tío Domingo Rubichi, mi tío El Sevillano 
Agujeta el Viejo: Tu abuelo… 
M. A.: Mi abuelo… y mi abuela también. 
A el V.: Tu bisabuela, y todos esos… 
V-G.: ¿Y ahora, Manuel ya te has dedicado al cante y has dejado la fragua? 
M. A.: Ya dejé la fragua y ahora me dedico al cante nada más. 
V-G.: ¿Y qué hace, festivales, discos…? 
M. A.: Ya he hecho festivales, discos y varias cosas…
(…) 
M. A.: Yo hago la bulería de Jerez, la bulería para escuchar, la bulería al golpe. 
V-G.: ¿Pero la bulería de compás, para baile? 
M. A.: Esa para fiesta no la hago yo. Además, no me gusta ni puedo hacerla. 
Parrilla de Jerez: No es que no sepa, es que no le agrada cantar por bulerías. Es un cantaor tan rancio que no le gusta esos cantes de bullicio. 
V-G.: Eso no va, quizá, con tu estilo. 
M. A.: Exacto. 
A el V.: Ocurre como José de Paula; José de Paula tampoco cantaba por bulerías para bailar. Cantaba a compás porque era gitano, y decía unos cantes como para bailar, pero no eran para bailar. Y a éste (señalando a su hijo) le pasa lo mismo.
(…) 
M. A.: Trabajar en la fragua y coger ese compás de la fragua, a medianoche trabajando… y decir un cante por siguiriya, decir otro por soleá, y entonarme solo, cantando por siguiriya… Cuando yo me entonaba en la fragua, creo que no había otro que cantara mejor por siguiriya. 
V-G.: ¿Y encuentras muchas diferencias entre el cante que hacías en la fragua y el que haces ahora? 
M. A.: Yo creo que noto alguna diferencia; en la fragua cantaba más gitano que ahora. 
V-G.: ¿Y a qué se debe ese cambio? 
M. A.: No sé… puede ser que antes fuese un poco bruto, no estaba puesto en la guitarra, y cantaba más bruto, más gitano. 
A el V.: La difunta de mi abuela decía “Desde Sanlúcar al Palmar” (un remate por seguiriyas primitivas), y eso no hay quien lo haya conocido. Y yo me acuerdo de Tía Manuela Junquera, que también cantaba una siguiriya, que ese son no se ha escuchado más. Yo la escuchaba porque estaba en el campo escardando con ella y con Tío Junquera el Viejo. Y esa gitana me cantaba en la gañanía esos cantes, y yo no sabía qué estilo eran. Ni lo sé todavía… Ese son ya no se escucha, ¿verdad que no? Pues eso lo cantaba mi abuela.


LA DESCENDENCIA 
Antonio Agujeta no sólo asume el patrimonio musical de la familia, sino que profesa una profunda admiración por su abuelo, Agujeta el Viejo, y por su padre, Manuel Agujeta, a los que señala como paradigmas de una forma de interpretar el cante y dueños de una singularidad artística que él obtiene como una herencia, sin forzar ningún eslabón de ese proceso sucesorio. Es el legendario método de transmitir el flamenco que hasta hace poco conservaban algunos núcleos familiares, cuyos nombres han dado lugar a distintas escuelas con sonidos, repertorios y fórmulas estilísticas propias.
De la misma manera que tuve el privilegio de tratar al abuelo de Antonio, también, en Madrid, a principios de los 70, veía con cierta asiduidad a su padre.  Manuel Agujeta aparecía de vez en cuando por los estudios de TVE en Prado del Rey, en la sala de montaje donde preparábamos “Rito y Geografía del Cante”. 
Por aquel entonces, teníamos una pequeña tertulia, informal y nunca ajustada a horarios, aunque siempre cálida y acogedora. Nos reuníamos en un pequeño bar con decoración gaditana, en el que encontrábamos todos los ingredientes para suplir a la, por entonces, lejana Andalucía. Allí iba Agujeta con frecuencia y se le recibía como a uno más, al que nadie pedía nada y menos que cantase. Existía cordialidad, pero también respeto. Así que cuando estaba a gusto hacía sus cantes sobrecogedores, que eran, por regla general, martinetes, seguiriyas o fandangos.
Solía hospedarse en una pensión de la Calle Príncipe. Un día me pidió que esperase en la puerta, subió a toda velocidad y bajó triunfante con su disco, recién publicado, “El Agujetas, Premio Manuel Torre de Cante Flamenco”, con la guitarra de Manolo Sanlúcar y fechado en 1972. Para regalármelo, lo había firmado con una grafía imposible, una suerte de abigarrados y estrambóticos signos, en los que se adivinaba desde cierta distancia el nombre de Manuel, con una rúbrica en la parte inferior que semejaba la representación esquemática del laberinto.
En cierta ocasión, Manuel Agujeta y yo coincidimos en los toros con Manuel Soto Sordera y Enrique Morente. Vivo relativamente cerca de la Plaza de las Ventas, de modo que al finalizar la corrida les sugerí la posibilidad de que continuásemos la reunión en casa. Y aceptaron la invitación. El encuentro estaba resultando de lo más satisfactorio y animado, cuando de pronto, en un arranque imprevisto, Agujeta comenzó a cantar. Es curioso reseñarlo, pero ni a Sordera ni a Enrique se les ocurrió abrir la boca. Permanecieron en un incómodo y expectante silencio.


Antonio Agujeta, el hijo de Manuel, no considera esa ascendencia cantaora exclusiva de su abuelo o su padre, sino de personajes de la misma familia que les precedieron y poseían similares señas de identidad, es decir, trasciende la simple inmediatez para situar esos giros estilísticos en los rincones perdidos de la evocación. No obstante, para Antonio ése no es un legado crepuscular, cargado de nostalgia, que va diluyéndose en el tiempo, sino una fórmula vivificadora con unos materiales que él ya ha adquirido por nacimiento, pero que, además, haciéndolos suyos, los desarrolla según su capacidad para construir su independencia y su futuro como cantaor.
El cante y la vida de Antonio Agujeta están de acuerdo, aunados en un mismo terreno emocional y existencial, porque son la misma cosa. Pero aquí se produce una contradicción, una dualidad, donde el mismo y principal elemento, que es el cante, cumple una doble función y presenta dos aspectos aparentemente distintos, aunque en última instancia complementarios. Por un lado, el cante como historia personal, incluso sin tener que utilizar un bagaje narrativo concreto, nada más que con el tono desgarrado con que se expresa, ya está evidenciando, o mejor dicho, testimoniando un estado de cosas.
Puedo creer, si observo sólo este aspecto, que el cante de Antonio Agujeta está condicionado y sujeto a las tristes vicisitudes de su pasado inmediato. Sin embargo, paradójicamente, no deja de llamarme la atención el eventual efecto terapéutico que el cante puede ejercer como factor de redención. “Cantando la pena se alivia”, escribió Manuel Machado desde la nostálgica tribuna de su poema “Cantares”. Lo que me lleva a una posible conclusión: que el flamenco, que en Antonio Agujeta no es una cuestión que se remita exclusivamente a sus aspectos profesionales y artísticos, sino que está profundamente radicado en él y forma parte de su mismo ser, le está llevando a reconstruir su vida, indicándole un destino abierto y distinto por el camino de la libertad.

jueves, 1 de marzo de 2018

"Los Agujetas. Tres Generaciones" (I), por José María Vázquez-Gaztelu



En anteriores entradas hemos trasladado al blog textos que en ocasiones contienen los libretos que acompañan a los discos. Dado que tenemos en la Biblioteca Pública de Valladolid una gran selección de discos de flamenco -se nota que la ha hecho alguien que sabe- nos ponemos a la tarea de continuar trayendo más textos. Empezando por orden alfabético: Agujetas. Varios son los discos existentes en la Biblioteca de Manuel y también de Antonio. Escogemos uno representativo de esta familia cantaora: Los Agujetas. Tres Generaciones, editado en 2001. Recoge grabaciones de Manuel, Antonio y el patriarca, Agujeta el Viejo; primeros discos recuperados de Manuel, sobre todo, con las guitarras de Manolo Sanlúcar y Parrilla de Jerez, y Antonio con la guitarra de David Serva; Rafael Alarcón acompaña a Agujeta el Viejo.
El texto incluido en el libreto es de José María Velázquez-Gaztelu, quien no necesita presentación entre los flamencos, el periodista, escritor, poeta ocupa un lugar de honor como responsable de la serie de documentales para televisión "Rito y Geografía del Cante" (dada la extensión del texto lo hemos dividido en dos partes).


LAS VOCES

Seguramente son más de tres generaciones. Esas voces, que me suenan tan africanas o asiáticas como venidas del pasado donde se guardan los oscuros ecos, desbordan cualquier limitación de parentesco inmediato y no restringen su periodo inaugural al más viejo de los Agujeta, ni acortan su postrer aliento en el último componente de esa trilogía escalonada, Antonio Agujeta (Jerez de la Frontera, 1966). Van más allá en el antes y el después, superando las barreras temporales y, como siempre ocurre, remitiéndonos a zonas donde es necesario la eliminación de términos racionales para comprender su significado.
El matemático John Forbes Nash dijo que “la racionalidad de pensamiento impone límites en el concepto de mi relación con el cosmos”, Si cambiamos la cosmología científica por la cosmología de los sonidos -¿también científica?- la propuesta de Forbes se convierte en una gozosa invitación a la espontaneidad o a la osadía para la interpretación de los mensajes que llegan a través de los oídos.
Esas voces las descubrí hace ya demasiado tiempo y me han acompañado de manera continuada. Es como el aire que se respira o como quien percibe, con los ojos cerrados, la delicada cercanía de un ser querido. De vez en cuando, una señal más o menos sutil recuerda su existencia.
Cuando Amr Kamal, director adjunto del Hotel Safir de El Cairo, me sorprendió en el hermoso jardín que baja hasta la misma orilla del Nilo, yo estaba oyendo, ensimismado, el canto de un hombre mayor que se deslizaba lentamente con su vieja barca por el anchuroso cauce del río, cuya sola visión, imponente y majestuoso, ya me conmovía. Al pasar cerca de donde nos encontrábamos, casi rozando los cañaverales que dividen el cuidado césped del agua, el hombre, descendiente de los antiguos pescadores cairotas que describiera Sir Richard Burton, apenas nos miró, pero siguió cantando y su canto hacía renacer esas voces que permanecen en mi memoria. Amr Kamal me contó luego que se trataba de una especie de salmodia de tradición remota, que solía escucharse en el transcurso del pausado faenar de las embarcaciones.
Son las voces que están ligadas a mi costumbre de vivir, las que he oído al despuntar el día en la Gran Mezquita de los Omeya, en Damasco, en la de Qarawiyryn, de Fez, o en la de Eyüp, en Estambul; voces que me emocionaron en un melancólico atardecer, yendo del aeropuerto a la ciudad de Chandigarh, en la India, por una pequeña carretera atestada de gente que caminaba buscando el refugio antes de que llegara la noche.


La voz de los Agujetas no tiene el encanto de la corrección ni está exquisitamente educada: es lo más alejado que conozco de aquellas “romanzas de  los tenores huecos” machadianas. Tan pura como pueden serlo el estallido del trueno en la soledad del campo o el aullido de la fiera acorralada, la voz de los Agujetas no es fácil de digerir. Su aspereza, la turbación y el desasosiego que transmite, su deficiencia en los acentos o, incluso, sus distorsiones, hacen que esa forma expresiva esté más cerca del grito ancestral que de las mínimas composturas que se exigen hoy en el flamenco. A esa voz árida, sin concesiones, lejos de cualquier preciosismo, hay que añadir la dificultad en el entendimiento de los textos, a causa de una dicción muy arraigada en la fonética local.
Aunque el maestro Alfredo Kraus aseguraba que los cantaores, de modo intuitivo, aplican una técnica especial que les impide dañarse la garganta, con los Agujeta dicha técnica a lo mejor existe, pero en una fase aún más primitiva. Esa sonoridad atávica, desde luego, no es nada recomendable para cualquier sensibilidad, sobre todo si es de condición escrupulosa, entre otras tantas razones porque nos remite sin remedio al dramatismo de aquellos que estuvieron sometidos a los vaivenes de una época hostil. Por eso, más que un arte la voz de los Agujeta es la manifestación de un rito; más que una exteriorización de la belleza es la elocuencia del desgarro natural, donde la estética se encuentra supeditada a una turbia y dolorosa remembranza de los tiempos oscuros. Es como una crónica que pasa de padres a hijos, oculta en un proceso genético que aflora en el momento de cantar.



jueves, 21 de septiembre de 2017

'Rodolfo Otero: Amor por la danza', en versión original (20 de julio del 2016 - y II)


Fiesta de Antonio con su Compañía (Rodolfo -de pie, 4º por la izq.-, el único con traje diferente).

-Has actuado en teatros, óperas de todo el mundo ante un público, digamos, que selecto ¿influía eso?
-Lo que más me impresionaba era salir al escenario. Porque hasta que sales, tiemblas, aaayyy que me voy. Pero no te vas. Y nada más que pisas el escenario se acabó la historia, ya no hay miedos, ni nada. Es un mundo donde te quedas en un estado de abstracción total. Un mundo maravilloso. Ya se te quitan todos los dolores, se te quita todo. La mejor terapia que pueda haber. Para el espíritu. Y para el cuerpito serrano.
-¿Había algún tipo de público preferido?
-Preferido, no. Hay una cosa que sí te das cuenta, que, por ejemplo, en el flamenco el público que estaba más cultivado, en toda Europa, era el inglés. Y las grandes editoriales, por ejemplo, los grandes cantaores como Antonio Mairena tenían las grabaciones allí.
-Y en Francia, en aquellos años (los 50 del siglo XX). La primera colección de cante flamenco se editó en Francia.
-Sí, en Francia, pero en Inglaterra más. El público inglés es amante de las cosas españolas, porque nosotros nunca las hemos apreciado, el valor que tienen, y ellos sí, lo han apreciado y lo han querido y lo han respetado. Nosotros hemos denostado el flamenco, ¡bah eso es de taberna! Mierda pa ti, cabrón!
-La clase social que solía acudir a estos teatros, a veros, solía ser clase alta… bueno ¿ante el arte no hay clases?
-Tú lo estás diciendo, Benito. Porque delante de lo que están viendo, según les ha emocionado el ser desaparece, se impregna totalmente del arte, si es que le hay, y entonces el individuo desaparece, ¿me explico? Ya no están los status sociales, ni nada.
Otra cosa es de dónde salen los artistas. No salen boxeadores de la clase alta, ni nadie que se exponga. Como el flamenco. Sale de la clase humillada, jodida, ese grito de libertad, de querer poder, luchar por ello y dar el alma por ello, y la vida. Uno que tiene dinero…para qué. Ni se le pasa por la cabeza.


-A veces he tenido conversaciones con músicos españoles de rock y otras músicas anglosajonas sobre si el flamenco era la música de raíz de este país y si fuera así por qué no partían de ella para hacer su música, en lugar de hacer copias o ser copias, salvo excepciones, de lo anglosajón; y por lo general decían que no, que el flamenco era algo ajeno o lejano como el folklore, a no ser que fuera el folk de su tierra o de sus ancestros.
-Ya, están equivocados. Claro que… El flamenco cuando es de verdad, sentido de verdad, del alma, ¿el alma qué tiene? ¿cordones, estrellas? No tiene nada, es abstracto totalmente, es poderosísimo. Que yo sepa. Pasa con la fe, tienes fe cuando estás lleno de sentimiento.
-Fe, no entiendo…
-Es que tú vas a la fe religiosa. Pero aún así y todo, el que tiene fe ponte a negarle algo que te estampana.
-¿Fe era lo que tenías cuando te presentaste ante Antonio para una audición?
-No, eso era… eso era mucho. Eso era yo que sé, el irme a una zapatería que había un limpiabotas, en la calle Duque de la Victoria, a limpiarme las botas e iba por la calle que no me cabía un pión por el culo, uf. Era convencimiento de lo que iba a hacer.
-El otro día estaba leyendo un libro –Falconer- de un escritor norteamericano, John Cheever, y me topé con esta frase: “La confianza en uno mismo equivale a la libertad”.
-Claro, porque no añoras nada. Te es suficiente todo lo que tienes. Estás como diría un francés, rempli. Lleno, repleto.
(Conversar con Rodolfo es como un combate de boxeo, es un toma y daca constante. Aún estando, como este día, cansado -no olvidemos que tiene 84 años-, no pierde de vista al oponente).
-Los combates de peso Mosca que he visto suelen ser muy directos, de ataque continuo…
-Sí, es muy rápido todo. No hay tiempo para estrategias. Y muy ligero, como el peso, 49 kilos, y a partir de 51, peso Gallo (levanta la voz) Y yo he sido campeón de Castilla peso Mosca y de peso Gallo. Y en el gimnasio que había en la calle Fray Luis de León debajo de la casa sindical, donde ahora está una asesoría militar.
-También estaba el de la Pelines ¿no?
-Sí, La Pelines era la que tenía un bar que hacía esquina en la calle de La Unión.
-Sí, el de la señora Emilia. Conocí el bar y el gimnasio, vivía yo en esa calle.
-Y los perros estaban a la puerta del gimnasio. Sí, hombre, sí. Ya te digo, los ricos ninguno se mete a que le den hostias; ni a ser ciclista, ni a nada que tenga esfuerzo, nada. Eso son los pobres que quieren ser algo. Luchan por ser algo. Lo mismo en el cante. No creo que los gitanos, los que cantan, sean ricos. Los que había iban a los colmaos y les tiraba el señorito y les tenía hasta las tantas de la mañana, ¿eran ricos esos gitanos?
-Camarón llegó a ganar millones, pero eran otros tiempos.
-¿Tanto? No sé… Camarón. Ya te he dicho que al principio, cuando salió, pues a los que nos llamaban puristas, no nos gustaba, le poníamos pegas. Yo estaba acostumbrado al cante de los grandes cantaores que había antes de él, Niña de los Peines, Caracol, Mairena, ya ves tú.
-A lo mejor os dejasteis influenciar por determinadas opiniones y no prestasteis atención…
-Puede ser que nos dejáramos influenciar por opiniones… puristas, digamos. Mira, en un viaje de París a España, en tren, empezó Don Antonio Mairena, en el vagón, a acordarse de su tierra. Se puso a cantar saetas ¡y me cago en mi padre lloraba yo, y llorábamos todos! Sin nada más. Creo que es la vez más impresionante, en mi vida, que he sentido el cante.


-¿Y Agujetas?
-Sí, hombre, me acuerdo, era el que mejor cantaba. Me acuerdo que en Jerez me encontré a las hijas de él, a dos de ellas, y les pregunté por su padre. “Ese es un desgraciado”, le pusieron a parir. Y digo, no hombre, que es tu padre. Se conoce que las había armado picudas, leidis (ladys) que te leidis (risas) y las hijas estaban cabreadas.
-Ahora, Dolores, mantiene buenas relaciones y reivindica la figura de su padre. Pero sí ha mantenido relaciones difíciles con sus hijos, con Antonio, también.
-Es lo que te estoy diciendo.
-¿Te hablaba Mairena de lo que estaba preparando sobre la ‘Razón incórporea’, su teoría sobre el flamenco?
-No, pero lo que más le interesaba era la investigación, recogiendo todos los cantes por los lugares donde pasaba. Era una biblioteca entera del flamenco. Ya ves tú, el hombre, con todo el poderío que tenía, era homosexual. Tenía ese estilo de vida.
-Eso dicen, sí.
-Pues sí. Era parguela ¿y qué? Pero no presumía nunca de ello, ni hacía mariconadas ni nada. No cambia para el que le gusta el flamenco, porque era flamenco de verdad. Con ‘sustansia’, decía él. Le respetaban todos. Era un compadre más para los flamencos.
-Años jodidos para ser homosexual, aquellos.
-Con eso se podría borrar todo lo que valiese la persona. Se jodió la persona.
-Ahora está Miguel Poveda que ha confesado ser homosexual.
-No lo sabía. Bueno, es igual.
-Incluso ha adoptado un niño. Y otros, y otras tampoco lo ocultan.
-Allá ellos. Es su vida personal. Bastante problema tienen con eso. O no lo tienen.
-¿De dónde viene el ser homosexual?
-El homosexual nace. Que estuvieran encubriendo mucho tiempo por esa prohibición que había…
-¿Nace?
-¿No lo crees? Pues sí, tienen esa inclinación, como el no ser maricones o tortilleras. Eso de los contagios, mentira. Te lo digo porque yo he estado al lado de maricones a punta pala, no jodas, macho. Eso no es de la noche a la mañana.

domingo, 16 de julio de 2017

Agujetas, Antonio Gades, Paco de Lucía en el 'Examen de ingenios', de Caballero Bonald (y 2)

Manuel de los Santos Agujetas, Antonio Gades y Paco de Lucía son los otros tres genios que evoca, traza su semblanza artística y personal, por el trato que tuvo con ellos, el escritor José Manuel Caballero Bonald en su nuevo libro, Examen de ingenios (Seix Barral, 2017). Ellos tres se suman a Niña de los Peines y Antonio Mairena, como ya señalamos en la entrada anterior.
De Agujetas, del cantaor que, nadie como él, entre todos los cantaores que tuve oportunidad de oír, que fueron muchos, me conmovió tanto y de ma­nera tan imborrable, podemos acceder al texto entero de su semblanza en este enlace.


Sobre el bailarín Antonio Gades dice Bonald: Llegó al baile flamenco como podría haber llegado a la pintura o a la música y como llegó al marxismo: por pura avidez justiciera de conocimientos (...) La labor de Antonio Gades consistió fundamentalmente en trasplantar las herencias populares al lenguaje culto de la danza (...) nadie lo aventajó en esa difícil alianza entre la sensibilidad antigua del flamenco y las modernas técnicas del ballet europeo (a través de) la mise en scéne, por el montaje austero y estéticamente impecable (de sus coreografías).
El escritor jerezano mantuvo una estrecha relación personal con el bailaor (y su mujer Pepa Flores, a quien dedica un 'examen' en su libro), también una relación artística trabajando juntos en el montaje de Fuenteovejuna.


Sostenía que la música estaba hecha de la misma sustancia que la vida. De ahí arranca su aprendizaje y ahí culmina su magisterio, escribe sobre Paco de Lucía, de quien recuerda un encuentro en su casa con Camarón de la Isla, Pepe de Lucía y el pintor Paco Rebes.
Convertido en uno de los grandes reformadores de la guitarra, quiso llegar a más (...) El silencio era para él la fortaleza inmanente de su corazón... partidario de la felicidad y el sosiego... virtuosismo enigmático, imprevisible por momentos... la estética del duende... 
El duende 'aparece' en las semblanzas de Caballero Bonald sobre estos cinco genios; cree uno como señal del tiempo flamenco -y literario- vivido por el escritor jerezano (El duende -el tarab de los árabes- ese núcleo de la sensibilidad donde se cruzan el dolor y el placer y donde surge de pronto la secreta emoción comunicativa del cante). Un duende que, cree el poeta al hablar de Paco de Lucía, ha perdido su utilidad significante porque se ha entrado en otro tiempo flamenco. Tal vez se le llame de otra manera (el ángel decían algunos; Morente, por ejemplo), o de ninguna. Pero su sentido permanece.


domingo, 25 de junio de 2017

Atracción por el flamenco. Quique Miralles: "Cuando llegué a Jerez" (y 3)

"En el 99 me fui a Jerez; pido la excedencia; estoy allí tres años, haciendo de padre y amo de casa. Jerez es la hostia. Jerez es donde está vivo el flamenco, no en los escenarios, sino en las familias, en los barrios".

Así de bien dibuja Quique.

Entre los puntos previamente anotados para abordar en la conversación con Quique, aparte de la Tertulia, sus inicios, figuraba éste: Jerez de la Frontera, al que no ha dejado de volver desde finales del siglo pasado, adonde llegó con su bagaje flamenco hecho en Valladolid.
"Cuando fui para allá estaban vivos todos; estaba el Rubichi, Manuel Soto, El Torta... Cuando llegué yo acababa de morir Luis de la Pica, y llamaba la atención la demostración de cariño que se le hizo al morir, aparte de estar su foto en todos los bares. No he visto un reconocimiento a nadie como se le hizo a él.
Despertó mi curiosidad. Yo no le había escuchado, ni sabía quien era. Creo que lo primero que llegó aquí (Valladolid) lo traje yo, una grabación, que es casi lo mismo que sacó (Alfredo) Grimaldos en El duende taciturno.


"Llegar a Jerez no es encontrarte con el flamenco, tal y como se cree. Igual allí que aquí, que en todos los lados, el flamenco es de una minoría de gente; de gente que lo vive en las familias, en un ámbito privado. La mayoría de la gente de Jerez no escucha flamenco.
Cuando llegué allí empezaba la temporada de las Peñas, los fines de semana, y allí me iba. Actuaciones gratuitas, a-bier-tas, y te encontrabas con Manuel Moneo, los Mijita, la Dolores Agujeta, El Torta, vamos, que escuchas lo mejor. Manuel Moneo con su familia en la Peña Fernando Terremoto, detrás del Volapié, en el barrio de la Asunción, donde vivían ellos.
En esos años íbamos, yo, cuatro o cinco japoneses de los que están instalados en Jerez, una canadiense que también andaba por ahí y, a lo mejor, algún guiri más y los cuatro de la peña. Peñas hay muchas, cada una con un grupo reducido de gente. El que iba a todas era Antonio Agujetas, que por aquel entonces acababa de salir de la cárcel y le había cogido el guitarrista este, no recuerdo su nombre, uno que tiene vocación de ayudar a los convictos y drogadictos, y había puesto a estudiar a Antonio.


"Es lo que tiene Jerez, que son cantaores cortitos. A mí antes me gustaba todo y cada vez me gustan menos cosas; del flamenco con cinco palos me vale. Como los que canta Manuel de los Santos Agujetas ¿qué más quieres cantar? cantes por seguiriyas, por soleás, bulerías por soleá, hacer unos fandangos, unos tangos tientos, malagueñas, bulerías y se acabó. No quiero más. Que están muy bien la caña, el mirabrás y demás, son documentos, curiosidades.
Y estos cinco o seis palos están vivos, allí, y no sólo por todos estos cantaores que te he dicho. Estaba El Monea, el primero que te encontrabas cuando ibas a la Peña la Bulería. El Monea era primo carnal de Agujetas, hermano de Rubichi, era pequeñito, tenía una novia noruega, yo le he visto hablar con su suegra y cantarle soleares por teléfono. No tenía un duro, estaba todo el día en la calle; era muy salao, no tenía una gran voz; iba de palmero de su hermano, pero cuando se ponía a cantar era la hostia.
Otro como éste, con el que aluciné en El Pasaje, un tabanco muy pequeño, El Chusco, un personaje en Jerez, que ha estado de palmero de unos y de otros; y él se lo canta y se lo toca. Y te encuentras en el tabanco con ese hombre por la mañana y sales a las nueve de la tarde. Es uno de esos personajes que viven el flamenco, no lo aprenden.
El flamenco, allí, está vivo porque está vivo fuera de los escenarios. Las mujeres del barrio Santiago, de San Miguel, que aparecen sólo cuando, a lo mejor, es la Fiesta de la Bulería, y son el cuadro de la peña de no sé qué, y flipas.
Recuerdo cuando fui, haber visto a Juanillorro, por ejemplo, que salía de palmero y al final se pegaba una pataíta, porque era muy salao".


Quique tiene su propia idea, su propia opinión y preferencias también sobre el flamenco. En particular: "Me gusta un determinado flamenco que tiene un componente de clase, de clase jodida, lo cante con más o menos conciencia. Pasa como con el jazz, que hay un componente de clase. No me gusta el flamenco bonito, efectista. Para cantar flamenco, no sé quien lo decía, hay que ser feo y tener la voz rota... Pues, sí. Ahí está El Chozas, con la voz que tenía, tan peculiar; lo pequeñito que era y lo jodido que había estado; y a lo mejor de música no tenía ni idea, y muy poquitas veces había cantado acompañado de guitarra...".
Y en general: "El flamenco que a mí me interesa nace del pueblo gitano. A mí me gusta más Manuel Torre que Chacón".


Volvemos a Valladolid -"Santi Borja, cantaor gitano, el que mejor canta de aquí"-, a la Tertulia Flamenca:
"Mientras esté viva, la gente participe, que lo tome como algo suyo, bien. Temas hay, muchos. La Tertulia ha soslayado, hasta ahora, algo que hay mucho en el mundo flamenco, las rivalidades, enfrentamientos por distintos gustos, distintas concepciones. Allí quien va aporta lo que quiere y respeta a la gente que está ahí.
Sí resaltar un logro fundamental de la Tertulia, el contacto con los gitanos y esperemos que vuelvan las mujeres del Secretariado".
-¿A tí no te ha dado por cantiñear?
-(Ríe) Nunca... imposible... una gran desgracia; y una gran ventaja, para los demás.

jueves, 18 de agosto de 2016

Atracción por el flamenco. Francisco López: Camarón, Agujetas... El gran relato (2)


(anterior entrada) Era el flamenco de otra manera. Camarón era como estos que venía escuchando, Mairena, Chocolate… pero más accesible. A todos los niveles. Musicalmente; las letras se entendían mejor; más en el presente.
Recuerdo haber ido con mi madre al concierto de Camarón, aquí, en el Teatro Valladolid, en la Feria de Muestras. Estaba el hombre ya… lo que sí recuerdo es que estaba abarrotado, a Camarón saliendo al escenario, que estaba mal, decía “estoy congelaito”. Debió ser finales de los 80. Había muchísimos gitanos, cogiendo filas enteras. Los pasillos llenos de gente, yo creo que se quedó mucha gente fuera. Para mí, era ver a Camarón, lo que cantó no me dijo nada. Tampoco se entendía bien.
Para mí aquel concierto tuvo un sentido: al ver tanta gente allí, que esta cosa friki mía del cante jondo, con esos discos… pues no soy tan raro.


El siguiente paso fue este disco que me impactó muchísimo. Todo esto de las alboreás, gilianas, y fue la primera vez que escuché a Manuel Agujetas. Eran cantaores más oscuros, me llevaron a un segundo fuerte contacto con el flamenco, después de Camarón.
Y a partir de aquí estuve mucho tiempo intentando escuchar más cosas de estas, sobre todo de Agujetas.
Y estos cantes de las bodas gitanas, las alboreás… me llevó a otras profundidades…no sé, a lo mejor tenía que ver con momentos personales míos… yo tendría treinta años, empezaba a plantearme: estoy solo, no tengo pareja…y con esto de las bodas, a lo mejor idealizaba yo; bueno, esto por darle algún sentido.
A partir de aquí, el flamenco empezó a hacerse más accesible de conseguir, de escuchar, de ver a todos estos cantaores. Agujetas, después de Camarón y Antonio Mairena, ha sido para mí, el gran descubrimiento y a través suyo más gente. A Agujetas no sé si se le ha reconocido en su justa medida, sí por la gente del flamenco, pero a unos niveles más generales…
La llegada de Internet ha sido un gran logro para los que tenemos gustos minoritarios como este del flamenco, ahí ya me meto más. Y las letras que escuchaba a Agujetas como esa que dice “que de qué me mantenía, a mi un juez me preguntaba, que de qué me mantenía, y lo le dije robando, lo mismo que hace usía, pero yo no robo tanto”. 
Y es entonces cuando llega lo de hacer las críticas (El Diario de Valladolid), que te lleva a interesarte mucho más por todo esto.
Los conciertos del Café España. Recuerdo los de Chocolate, Agujetas, especialmente, también de más gente. Haber hablado con Chocolate por teléfono, fue muy emocionante, un regalo. Ahí, en el Café España, disfruté con el flamenco en directo, en plenitud. Lo recordaré siempre. La gente que iba, entendidos, más o menos aficionados, todos con un respeto por esta gente que me conmovía mucho. Y cuando escucho a esos cantaores se me siguen abriendo las carnes.
Ahora estoy un tanto retirado del flamenco. Pero resuena por ahí dentro. Siempre lo tienes ahí.
Como los libros, que es en lo que ando más, que los recuerdas y están ahí siempre.



-Porque tu pasión primera o tu interés primero está en la literatura, más que en la música.
-Sí, sí. El flamenco por la forma que tiene de conmoverme. Es como alguien que sale dando una lección o un discurso hablando. La música amplifica esas voces, que no sabes de dónde salen, que transmiten…con ese toque de guitarra que te enardece…en el fondo es algo épico. Y eso es lo que me gusta del flamenco, esa parte épica, como si fuera un gran relato, de mucha gente, de mucho sufrimiento, y junto a este sufrimiento, que tal vez le da sentido, las bodas, mucha alegría, ese cachondeo, la seducción del hombre y la mujer…lo que es la vida. Y todo ese relato de la vida con la guitarra, el compás dan ese algo épico, es como decir: esto es grande, tío, esto es enorme. No es la parte lírica, poética: esto es un ejército. Es esa sensación de vida o muerte, todo o nada. Te ponen ahí, frente a ti mismo, frente a algo grande.

-¿Hay alguna relación entre las formas del flamenco y tu manera de escribir prosa o poesía?
-La literatura que a mí me interesa está vinculada a la épica y a la verdad. Cómo a través de las palabras podemos expresar verdades generales. A la hora de escribir no noto una relación con el flamenco, no sé, es algo en lo que no había pensado. En la poesía, que es lo último que he hecho, es escribir algo muy fácil, accesible para todo el mundo, en las palabras, las expresiones, pero que te haga ver el mundo de otra manera, en la que no habías pensado nunca.
Mi poesía es más automática, no de buscar la pureza, ir destilando…tal vez como en el flamenco que tenga una espontaneidad; las letras del flamenco son fáciles, vulgares, si quieres, pero está diciendo algo importante. Yo en la poesía meto cultura popular, el pop, la publicidad, esas frases hechas que pasan por nuestra vida, pero no nos paramos a pensar…
Escribir una letra de flamenco, creo, que me resultaría muy difícil. En cierto modo, me veo ajeno a esa gente, que, por eso, es lo que más me gusta. Que teniendo poco que ver con esos lamentos, cuando me llega…de alguna manera, nos hermana, nos reune.
Yo, escribir esas letras como lo hace esa gente, me sonaría como hacer algo falso.