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domingo, 23 de junio de 2013

Afición flamenca en las tabernas del viejo Valladolid

"Había cante grande hasta las tantas", en las antiguas tabernas de este Valladolid, recuerda José Miguel Ortega Bariego en su libro, Historia de 100 tabernas vallisoletanas (Editado por Caja Duero en 2006; reeditado por Librería Maxtor en 2012).
Un libro donde el escritor y periodista vallisoletano realiza un recorrido por las tabernas, cantinas, tascas (luego bares, cafés) de su ciudad, "para dar una idea global de lo que significaron en la vida cotidiana de los vallisoletanos en los siglos XIX y XX".
Y en particular, y lo que a nosotros nos interesa -por eso nos pasó este libro el amigo Carlos 'Byron'-, la presencia del flamenco en esa vida cotidiana. Cuando el flamenco era la música predominante en esta ciudad, y resto del país, hasta mediados del siglo pasado, más o menos. 
Y por incluir unas fotos poco vistas, testimonio de la afición al flamenco en esta ciudad, no en vano cuna de Vicente Escudero, quien se dejaba caer por El Candorro, y otros lugares de la zona de San Miguel, "cuando sus exitosas giras se lo permitían".


En esta instantánea aparecen dos aficionados notables, cuya zona de acción fue el barrio de San Andrés. Esto cuenta de ellos, Ortega Bariego, al hablar de la taberna Las Pequeñas. "En casa de Antonio había zambra casi todos los días, especialmente cuando parecía el señor Celes - a la izquierda en la foto- dispuesto a agotar la última tira de cupones para poder cantar a gusto. Celedonio de Vega era mutilado de guerra, ciego... y vendedor del cupón para poder salir adelante en tiempos difíciles. Un personaje que vivía en las cantinas del barrio porque en ellas acababa todos los números y no pasaba frío, como los (vendedores de cupones) que se ponían en las esquinas. Además le gustaba la priva y el cante y allí estaba en su ambiente... Cantaba por Pepe Pinto y siempre tenía un corro de gente dispuesto a escucharle, lo mismo que Pablo de Alba, pescadero de la plaza del Campillo, a quien por ello apodaron Besuguito... Pablo había querido ser torero pero tenía poco valor para hacerse un hueco en ese mundo, así que aunque tampoco andaba sobrado de voz, al menos sí tenía gusto para dar a su cante el aire de Marchena".
Celes, Celedonio de la Vega, tenía dos hijos, que solían hacerle de lazarillos, Pepe y Manolo, este último alcanzaría fama como humorista, y también haciendo cantes, que aprendiera acompañando a su padre. El libro de Ortega Bariego nos regala otra foto impagable:


De derecha a izquierda, Paco de Lucía, Manolo de Vega, Enrique de Melchor, Pepe de Vega y Ramón de Algeciras. No era extraño encontrarse en alguna de estas tabernas con figuras flamencas del momento (Gades, Lola Flores, cita el libro) tras actuar en algunos de los teatros de la ciudad.
Otras citas flamencas en el libro tienen por escenario el barrio de Santa Clara, en tascas como El Compadre, propiedad de Luis, "un andaluz que invirtió lo ahorrado en su anterior vida de marino mercante en este pequeño local", parada obligada para trasnochadores -nunca han faltado en esta ciudad- que se acercaban a escuchar las voces que salían de su gramola, de "Pepe Pinto, Caracol, Valderrama, Pepe Blanco y Carmen Morel".

Otra taberna singular era la del Payo Julián, "así bautizada por los gitanos, que abundaban entre su clientela"; o El Pinacho, donde se podía ver a Rafael Ponce el Gitano Señorito, "que vivía al lado", otro de los aficionados vallisoletanos al que se podía ver, y escuchar, en otras tabernas (La Fé, La Torera, La Ferroviaria -bar este que mantiene un rincón flamenco con fotos de Chacón, Torre, Vallejo, Niña de los Peines...-).
Al hablar de La Cigaleña vuelven a aparecer los nombres de Celes y Besuguito junto a los de Amador el Ciego o Eugenio el Manazas, -"apodo chocante para un guitarrista que en sus buenos tiempos anduvo tocando en la compañía de Lola Flores y Manolo Caracol"- como integrantes de la Peña Fosforito, cuya sede estaba en aquella cantina situada en la Calle Asunción, del Barrio de San Andrés. Años más tarde, en los 80, el nieto del propietario de La Cigaleña, Vicente Simón, "muy aficionado al cante", fundaría junto con otros afcionados la Peña El Quejío. 
En la zona de San Martín se movían los dos personajes retratados en la foto de aquí lado, Pío Lázaro, "guitarrista muy popular de aquellos años que tocaba por el placer de hacerlo y transmitir su sentimiento a quienes quisieran escucharle, que eran muchos", e Hilario Jaspe el Niño de Salamanca, "que dominaba muchos palos y bordaba las coplas de Pepe Pinto, Mairena y todos los grandes de la época". A ellos se sumaba, "a veces, Juanita, una gitana de tez morena y ojos profundos que bailaba con ese duende mágico que se tiene o no se tiene, pero nunca se aprende". Cuando estos aficionados aparecían, por ejemplo, por la taberna Solera Pérez, "la gente se olvidaba de irse a dormir, esperando la amanecida entre fandangos, bulerías y verdiales".
La noche alargada hasta la madrugada, el flamenco y las tabernas formaban una alianza natural, necesaria, tal vez simbiótica en unos tiempos donde la alegrías eran pocas y las libertades menos. Locales que ayudaban a "afrontar la soledad del amanecer", del día a día, tal y como glosa José Miguel Ortega Bariego en su Historia de 100 tabernas vallisoletanas, y en algunas de ellas se citaban, además de  aficionados al cante, artistas y bohemios, "maricas y meretrices, a hacerse los reyes de una fiesta improvisada con vino, fandangos y guitarras".

martes, 13 de marzo de 2012

Peteneras


A Juanito Valderrama, por lo que él y yo sabemos.


¡Vamos a acordarnos de La Niña y El Pinto!

A él le costó mucho llegar a ser figura. Muy aficionado al cante, trabajó en mil oficios antes de dedicarse a lo suyo. Contrataba artistas. Fue croupier profesional varios años, y una buena persona toda su vida. Cuando llegó arriba, cantaba fandangos y romances con mucha donosura, y soleares y malagueñas mejor que regular, aliviándose con monólogos donde debería templarse con una granaína para cantar luego la malagueña. Popularizó una copla que dice Toíto te lo consiento, menos faltarle a una mare, que una mare no se encuentra, y a ti te encontré en la calle, que todo el mundo sin saber que fue El Pinto quien la cantaba. Tenía buen corazón, y cuando los flamenquitos acudían a pedirle ayuda, a todos les daba un consejo, un buen mechero y veinte duros. Para que comieran ese día al menos. Se enamoró de La Niña que, para mí, al menos, fue la más grande. 

Ella era el poderío de su arte, heredado de la sangre y tradición familiar. Por algo era hermana de quien era. Su hermano, genio oscuro y, según autores, “delicado y de barba pavo” dejó grabado sólo un microsurco donde el martinete y debla quedarían signados para la posteridad con su sello. A partir de él, todos cantan según su estilo. La Niña hacía la Petenera de forma genial, por Alegrías como nadie, en las bulerías ponía el mundo al revés, y a cualquier cante le echaba el rajo preciso para convertir cante chico en cante grande, a pesar de que no hay cante chico ni grande, depende del que lo canta. La Niña todo lo cantó por derecho, con trapío y hondura.

Se enamoraron y se casaron. Dicen que de noche él se despertaba y pedía a La Niña que le cantar por soleá. No he conocido prueba de amor más dulce, porque, deben saber que ella le cantaba la soleá de Joaquín el de la Paula, y El Pinto lloraba. No es de extrañar, la Soleá es lo más grande. Cuánto la querría El Pinto que sólo pedía a Dios que se llevara antes a él que a ella y que no se vieran morir. Dios le concedió esa gracia. Murió mes y medio antes El Pinto que La Niña y ésta, en sumando de locura, no fue consciente de que El Pinto se moría.

¿Qué bonito, no?
La crudeza del Romance viene de la mano de lo vivido y contado por mi buen amigo Gregorio, cabal aficionado al flamenco como hay que andar mucha tierra para encontrar otro igual de sensible y enterado.

Gregorio, en los últimos tiempos de La Niña, cuando ya la arteriosclerosis la tenía en su mundo particular, la vio una tarde en un bar de Sevilla. Sentada en una silla, bebía un vaso de agua. Cantar no cantaba, dice mi amigo Gregorio, pero, de vez en vez pegaba unos alaridos que ponían la carne de gallina a todos los parroquianos del bar. Después, se quedaba callada unos minutos y vuelta a lo mismo. Aquellos chillidos era el grito primal de la persona que se cree sola, la queja del cante que tantas veces había interpretado y el llanto de una anciana que nunca volvería a cantar con aquella voz que el poeta definió como de estaño fundido.

Mi amigo Gregorio, cuando decía esto, me enseñaba los brazos. Tenía los vellos erizados como escarpias. A mí se me erizan igual cuando escribo estas líneas y, perdóname lector, pero espero y deseo que ató, cuando me leas, se te pongan de forma similar.

Será el homenaje que tributaremos, tú y yo, al Pinto y a La Niña.

Miguel Ángel Galguera ("Palos, pellizcos y quejíos de la vida")