Imaginación. No parece que tenga mucha relación con el flamenco; de entrada como que no entra al hablar de flamenco, y sí la realidad, la vida, las cosas que pasan, de lo que se nutre el cante, así a simple oída.
Y sin embargo, se dice, el flamenco es un misterio. No el de su historia, el de las fechas, el de los personajes, artistas. El misterio esta en su creación, en su creatividad. Misterio, un asunto de la imaginación. Sin imaginación no hay artista que se precie de tal nombre, serán fabricantes. ¿Crees que en Niña de los Peines, Camarón no estaba la imaginación al hacer su arte? O en Agujetas.
¿Recuerdas en el documental de Dominique Abel, Agujetas cantaor, el Cristo que había hecho?
Si nos alejamos del cante (la realidad la vida las cosas que pasan), la presencia de la imaginación se hace más visible. Cuando el toque se aleja del acompañamiento al cante falsetea (la realidad la vida las cosas que pasan) se queda solo: imagina; y el baile sería la aparición total de la imaginación (y no me refiero sólo a Israel Galván, sino a cualquier bailaor/bailaora: por situar un punto, desde antes y después del abuelo Farruco, a ese tipo de nivel, lo bailen gitanos o no gitanos). Qué extraño es el baile flamenco, qué extraño es el toque, qué extraño el sonido de las palmas.
Las emociones podrían ser esa muestra 'palpable', por sentida, de la imaginación en el arte flamenco. Pero no se toma como muestra de la imaginación, si no como vulgar definición de lo que es flamenco y para lo que está, 'sirve'; se asocia al flamenco en demasía con el realismo, con portador de la realidad la vida las cosas que pasan. Lorca vio la imaginación en el flamenco; pero se ha preferido llamarlo poesía. Poesía eran los poemas que hacia él. Sus escritos sobre flamenco reflejan el mundo de la imaginación del flamenco. A su estilo. A donde nos está llevando continuamente Lorca al escribir sobre del flamenco es a la imaginación, como sus poesías -no tanto su teatro- llevan ahí, son de la imaginación.
Qué extraña es la imaginación tal y como la presenta, vive el arte flamenco. Tanto que parece que no hay no está, y sólo hay vida realidad y las cosas que en éstas pasan. De ahí que se tienda a detenerse en las emociones, como que eso es lo que transmite y punto final. Si fuera así no sería un arte, sería un producto o una canción más, Harry Potter.
Luego está la risa de la imaginación. ¡Un delirio!
Espero que a no tardar mucho puedan leer la novela del amigo Paco López. Y puedan sentir ver incluso la imaginación y del flamenco. Mientras: ¡Salud a todos los flamencos!
El 18 de julio de 2016 fue un día muy caluroso. Llegamos a los 40º en Valladolid. Lo sé porque así lo pone en el libro, Rodolfo Otero. Amor por la danza (Ediciones Fuente de la Fama, 2017). Ese día o no funcionaba la grabadora, el "espía", que decía Rodolfo, o no la encendí.
Había llegado a su casa sobre las doce del mediodía, la hora en que solíamos quedar. Puri, su mujer, me dijo que estaba acostado, que había pasado una mala noche. Y encima tenían problemas en la caldera de gas -se utilizaba en verano porque Rodolfo solía tener frío-, el indicador del agua había bajado a cero. Entre Puri y yo intentamos averiguar qué pasaba y cómo meter agua... no dimos con ello: llamada al técnico.
En eso se levantó Rodolfo, hecho polvo. Y alborotado. Había tenido un sueño relacionado con el atropellamiento de gente sucedido en Niza (Francia), unos pocos días atrás, por un terrorista que conducía un camión, y Rodolfo era el conductor. Se sentía asustado y enrabietado. Ese día que no se grabó, hablamos sobre los sueños, la locura, el cerebro y su funcionamiento, la ciencia. También de algún recuerdo suyo de infancia, que retomamos al día siguiente, ya con la grabadora funcionando, más o menos bien.
-Ayer
me hablabas de que ibas al matadero, al manicomio (de Valladolid, años 80) porque estabas cogiendo ideas
para una coreografía.
-No
ideas. Viendo cómo es la realidad para sobre esa realidad, si llegase el caso
de que pudiera hacer una coreografía, tenía una documentación, en mi cerebro,
de lo que es. Si tenía que hacer algo de un ‘venao’ en el manicomio, que le
habían matado un perro, cualquier cosa, que lo he visto allí, lo podía hacer. ¿Sabías que antes el manicomio era sólo de mujeres? Luego metieron a todos. -Esa
coreografía iría sobre muerte, locura…
-Sobre
todo. Lo que tuviera que hacer para una coreografía. Estar informado, y de la
vida real como es, personalmente, más que una idea concreta sobre una
coreografía.
-¿Guardas
apuntes, notas?
-No,
¿por qué?
-¿No
llegaste a desarrollar aquella coreografía?
-No...
(el resto de la respuesta no se entiende bien en la grabación; creo que lo que
quiere decir es que no encontró a nadie que necesitara -alguien tipo productor- de una coreografía así,
pero él había reunido documentación).
Rodolfo Otero, foto escolar.
-También
me contaste ayer de niño, con diez años, un incidente con tu padre, a cuenta de
los libros de Dick Turpin, Nick Carter, que provocó el irte tú de casa, a
Madrid.
-Sí,
es verdad, pero no por eso, sino por todas las circunstancias. Por la aventura,
más que nada. Era lo que había en Dick Turpín, Nick
Carter, era la aventura. Pero yo ese día (en Madrid) me vi con las rodillas sucias, me fui
a una fuente, me lavé las rodillas, me miré la ropa y me volví para casa. Me
daba pena de verme así.
-¿Qué
dijeron tus padres?
-Mis
padres me fueron a buscar. Porque llegué
-de regreso- con el dinero que tenía hasta Coca. En Coca estuve andando por los caminos y
la Guardia Civil me preguntó que adónde
iba solo. Y yo le dije, a casa de la señora María.
-¿Quién?
¿la guardagujas?
-Pues,
sí. Resultado,
que allí en Coca me admitieron en la casa de un Guardia Civil; llamaron a mi
casa; vino mi hermano mayor, a recogerme.
La
fábrica de Pastas Aro, que estaba en la plaza San Miguel, esquina la calle
León (Valladolid), hacían los macarrones, los fideos, todas las sopas. El hijo del dueño era
alumno de mi padre -su hermana era la hostia de guapa, pero de morirte-, y le
dejaron el coche a mi hermano para que fuera a buscarme a Coca, Segovia. Ya
sabes mucho, ya, ma non troppo ¿no?
-No
le gustaba a tu padre la fantasía.
-No.
Fantasía, joder… es que… Pero el llegar y tener cojones para irme de casa siendo como era mi padre, hay que tener
cojones. Eso no lo conoces tú. No ves una rectitud más grande en tu puta vida,
en el colegio y en casa. Porque llegaba un maestro y no cumplía con su deber,
debidamente, y le bajaba al patio que le iba a dar de hostias, ¿qué te parece
como era mi padre? Como tenía que ser.
-¿Cuál
fue su reacción cuando volviste?
-Pues
que me llevasen a un correccional, o sea, humilde como una oveja, sí, sí. Por
haber hecho la faena que había hecho. No solo era por mi padre, también por mi
madre, la pobrecita.
-¿Estuviste
mucho tiempo en el correccional?
-No
estuve. Que me llevase. Lo pedí. O sea, arrepentido, reconociendo lo que había
hecho.
Y
entonces, cuando llegué a casa, me dijo: “No quiero tocarte, vas a comer
aparte”. Y comía en la cocina, yo solo. Y mi mamá decía: “Pero cómo has sido
tan bobo”. Así, como lo estás oyendo. Porque era, además de todo eso, era el
escándalo, la transcendencia que tenía, no solo en casa, sino en el colegio: El
hijo del director se ha marchado de casa. Joder. “Y por qué se habrá ido de
casa”: los padres de los alumnos.
-Rodolfo
la volvió a montar.
-¿Por?
-Porque
tenías esas cosas así como rebeldes, de pequeño.
-No
era una cosa de rebeldía, sino de LIBERTAD. Buscando la libertad por cualquier
sitio, por cualquier rincón. Que no es lo mismo. De
ahí me sale el flamenco, guapín. ¿Qué es lo que pide un flamenco? La
salud y la libertad.
Ballet de Antonio (Rodolfo, segundo por la derecha).
-Y muchos viajes.
-Joder. No salía de España, con
el cabrón de Franco, nadie más que el ballet de Antonio, y otro, nadie más.
Solo nosotros. Íbamos a todos lados. A la Scala de Milán, a la Ópera de Viena,
al Royal de la Monnaie, de Bruselas (Bélgica), a Inglaterra al Stoll Theatre (pronuncia
en inglés). Cosas así.
-Y empiezas a subir en el
escalafón.
-Sí, señor, sí señor. Subo,
precisamente, por el trabajo, por las cualidades que tenía, que eran, además de
bailar, dar carácter a lo que bailaba. Yo era un bailarín de carácter, que me
compararon con el mejor bailarín del mundo, Stanislas Zokoski, ruso, primer
bailarín del Bolshoi Ballet, haciendo El sombrero de tres picos. Fue en los
festivales internacionales de danza de Bruselas. Mil novecientos cincuenta y
ocho.
-Explícame esto del bailarín de
carácter.
-El bailarín de carácter es uno
que imprime, pues eso, un carácter de lo que está haciendo. Si sales de
zapatero tienes que hacer de zapatero, de coser, de todo: bailando. Ahí tienes
en Las zapatillas rojas al que baila
y hace de zapatero. Era dar carácter al personaje que estás interpretando. Joder, a que te doy una hostia, Benito,
que me haces revolverme las tripas (ríe) ¡joder! Tantos recuerdos, tantas cosas, tanto esfuerzo, tanta maravilla.
Me tenían que poner a mí la ropa en un horno para secarla para ir de una
función a otra, porque estaba tan empapada… bailar con la profesión metida
hasta los talones, hasta los huesos.
-Y en baile gitano en esos años,
¿quién te gustaba?
-Pues estaba este, que era el que
mejor bailaba de toda España, ¿sabes quién, no?
-¿Farruco?
-Antes que Farruco. Farruco bailaba
de puta madre, el padre, claro, pero es que bailaba porque los demás empezaron
a emplear la mecánica, el exhibicionismo, el equilibrismo… el circo… y Farruco
era así (golpea la mesa con la palma abierta) y se ponía ahí y era… era lo que era.
-¿Y ese bailaor que dices?
-Ah, no sé, ahora. Pierdo el
compás. Me he quedado en un bache cojonudo.
(Pone la tele. La apaga).
-¿Duro el baile?
-No tienes ni idea. Y como
tuvieras tendrías que bailar. Pues fíjate el circo, el circo es todavía más. El circo es horrible. La disciplina que
tiene esa gente para trabajar. En lo nuestro también, pero ellos todavía más,
para mí.Los admiro.
Luego, viendo bailar por el mundo
a genios de la danza como Jean Babilée, que era un monstruo el hijo puta, cómo
bailaba, cómo interpretaba. Y ese ya había roto la mecánica de la escuela
clásica, había empezado a bailar el baile contemporáneo. Y todos esos los tengo
en el estudio, con dedicatorias para mí. Y Antonio (el Bailarín), al único en su vida que ha
puesto una dedicatoria en una fotografía: A Rodolfo Otero, con admiración. ¿Antonio admirándome a mí? Por el baile. Allí la tengo
en el estudio, guapín. Eso no lo tiene nadie, te lo juro. Nadie, más que yo. Y esto que me da por culo hablar
de todo esto… parece que, yo qué sé… una egolatría de los cojones, pues no, una
realidad.
Y luego, claro, de admirar a
bailarines y a bailarinas, pues imagínate. Yo admiraba a los artistas, a los
que bailaban clásico, contemporáneo, flamenco, sin distinguir. Lo mismo
que si aceptas a los negros, a los chinos, a los otros,
pues es igual, forman parte de la humanidad.
-¿Antonio dejaba libertad al
bailarín?
-Había una coreografía y luego
estaba la libre interpretación dentro de la coreografía de cada individuo. El
corregidor yo era en El Sombrero de tres
picos, un ballet de Manuel de Falla como El amor brujo, y a ese es el que tengo dedicada: “Al gran
corregidor Rodolfo Otero con admiración de su jefe”. Y el corregidor era un
hijo puta, un lascivo, veía una chavala guapa y joven y se le caía la baba,
ahora también, pero bueno (risas). Sí señor.
Con Rosita Segovia en El sombrero de tres picos.
El ambiente era muy rico. Y
compañeros muy buenos. Viajábamos, por ejemplo y en el tren me enseñaba a
colocar las manos la que mejor tocaba las castañuelas, los palillos, Victoria
Eugenia, Beti; ese era el ambiente.
-¿En qué piensa uno cuando baila?
-No piensas, es abstracto. Te
conviertes en una cosa… ni etérea, ni nada… no eres nadie, eres abstracto. Eres
el personaje. Es impresionante. Es una duplicidad, triplicidad de la
personalidad, la tuya no existe, te la ha cogido el personaje. Eso es lo bonito.
-Y ¿a Vicente Escudero cómo le
conoces?
-¿Cómo le conozco? Joder. Vicente
Escudero es que era un cachondo. Le veía por la Gran Vía, por ejemplo. Don
Vicente, ¿qué tal?: “¿Qué tal paisano?”, siempre lo de paisano. Tenía mala leche, porque
en Nueva York, que nos encontramos, “pero paisano, ¿todavía sigues con ese
maricón que da saltos como una cabra?”, por Antonio (risas). O, “toca Rodolfo,
mira” (golpea sus muslos), pero maestro, “dos horas todos los días”. Con 81
tacos. Sí señor, ese era Don Vicente. Eso fue en la Gran Vía, ¡en plena calle,
el cabrón! Y además, viéndole trabajar en el Teatro Marquina (aquí se confunde
Rodolfo, no es a Escudero a quien se refiere a continuación sino que a quien
fueron a ver fue a Carmen Amaya, como volverá a contar más adelante).
Y fui con Antonio, y con la
secretaria y la primera bailarina,
Rosita Segovia y yo le dije a Antonio, fíjate las pelotas que tenía. Hay que
tener cojones, eh? Yo con usted no salgo solo… ¿qué?... para que no dijeran que
yo era el maricón de él.
-¿Antonio era homosexual?
-(Se enfada) !/GRFX/¡ Pues claro que sí.
-¿Y a ti por qué te importaba
eso?
-¿Tú eres bobo? Tú estás viviendo
en este siglo, ¿tú sabes lo que era entonces? Buah. Anteponían eso a lo que
fueras y a lo que valieses. Ah, pero eres maricón. Ya está, se jodió. Borrado
todo lo que valieses o no valieses. Tenía que tener un cuidado terrible. Por
eso, yo con usted solo, yo no voy. Para eso hay que tener pelotas. Ahora, ya
ves tú, si eres maricón como si eres bombero. Más o menos.
-¿Cuántos años estuviste con
Antonio?
-Ocho años estuve. A dios gracias
estuve ocho años, porque pude pisar los mejores teatros del mundo; el ambiente
más acojonante que te puedas imaginar, dentro de la danza. Había una tournée y
a lo mejor un ciclo de ballet, clásico, contemporáneo, y ese mundo era
fabuloso.
-¿Qué diferencias podía haber
entre el público español y el extranjero?
-El mejor público que había que
le gustase el flamenco, el inglés. Los ingleses, amigo mío. Se entusiasmaban, y
adoraban el baile. Y entendían de baile. Y no sólo, del cante, también. Tiene
vergüenza la cosa, que se hacían por allí las grabaciones que en España ni se
hacía caso, y donde grababan y ganaban dinero los flamencos era en Inglaterra y
en Francia. Antonio Mairena, grabó allí… él estuvo ocho años también. Era
compañero mío. Coincidí con muchos cantaores. El cantaor que tenía Antonio para
los bailes era Antonio Mairena. -Bueno, podemos dejarlo aquí por
hoy. -¿Te ha gustado algo? -Todo.
-Es que es la hostia eso.
-¿Y volvías a Valladolid entre
las giras?
-Yo podía venir a Valladolid en
Semana Santa. Si estaba en España, porque entonces los teatros cerraban.
-¿Sabías como estaba el ambiente
por aquí?
-¿El ambiente de aquí? (Levanta la voz) Te voy a
contar el ambiente de Valladolid. Después de estar en EEUU, en Washington, me compré
allí un jersey naranja. Vengo aquí y voy con mi hermano por la calle Santiago,
al lado de la Plaza Zorrilla, y unos graciosos me llaman maricón y me tiré a por
ellos… “¡hombre, déjales!”: Mi hermano. En la calle José Mª Lacort, lo
mismo, con otros, “pero joder, no te metas con ellos, déjales que digan”. ¿Te ha
gustado el ambiente?
-Una vez me contaste algo sobre
el boxeo, que lo fuiste o querías ser.
-Que si he querido ser boxeador
(tono chulo), si he sido campeón de boxeo de Castilla, guapo, del peso Mosca y
del peso Gallo, mira, los cojones.
-Eso ¿cuándo? ¿antes de ir con
Antonio?
-Sí, sí, sí. Y trabajaba, me iba
al gimnasio a entrenar, bailaba, me corría ocho kilómetros, iba hasta Santovenia y volvía. Cosas de esas. Sí, sí.
-¿Todo a la vez?
-A la vez que bailaba y vendía
telas. Eso de que no tengo tiempo para nada, cuando me dicen eso yo me
descojono de risa. Tienes tiempo para todo, cabrón, solo que no quieres. Es
que… vete a tomar por culo (me río). Los cuentos de que no puedo y no puedo.
¿Qué estás haciendo con el tabaco?
-(Lío) Un cigarrito.
-Qué jodío cómo lo hace. Con
papel especial, drogado, con coca (risas) ¿se lleva eso no?
-No sé, puede que alguien se meta
unas rayas y para aprovechar lo que queda pase el cigarrillo.
-Ah. Yo lo que sé es que a veces
me mandaba mi padre, que en paz descanse, a comprar tabaco rubio donde Lucio,
un camarero que había en el Royalty, que estaba en la calle Claudio Moyano
esquina calle Santiago, era el café más elegante que había en Valladolid. Tenía
un pequeño escenario donde tocaban músicos y la calle se paraba para escuchar,
era la cultura musical que había aquí. Y en el café del Teatro Zorrilla, ponían
una plataforma y tocaban músicos, y atracciones también. Y en la calle Duque de
la Victoria había otro café, grande, de categoría, como se decía antes, de categoría.
De baile y ballet flamenco, de Antonio el Bailarín y Antonio Mairena, de 'parguelas' y genialidad, de postguerra y Arte, de lo local a lo internacional... territorios, tiempos, personajes a visitar en la nueva, tal vez penúltima de la temporada,Tertulia Flamenca, de la Biblioteca Pública de Valladolid, este viernes a las ocho de la tarde.
Como hilo conductor el libro Rodolfo Otero: Amor por la danza (Ediciones Fuente de la Fama, 2017), pues por él transitan, viven, danzan los referidos temas y artistas.
Agradecer a la Tertulia esta nueva oportunidad para con el libro tras su presentación la semana pasada.
Otras veces se ha hablado de baile en la Tertulia Flamenca, en general, o en particular, Farruco y el 'baile gitano' o el de los Gades, Maya, Güito, el del tiempo siguiente al que este viernes abordaremos, el de los 50's-60's del siglo pasado encarnado en Antonio Ruiz Soler, Antonio el Bailarín, en cuya Compañía estuvo Rodolfo Otero durante ocho años; una década no menos significativa que otras para España, y el flamenco.
Película 'Luna de miel', M. Powell, 1959 (Rodolfo 2º dcha.).
Los citados bailaores también estarán presentes como quienes les precedieron; así como, igual de importantes, las bailaoras, con una figura desde la que partir: Antonia Mercé la Argentina.
También estará el cante encarnado en Antonio Mairena, del que también nos hemos ocupado en la Tertulia. Una figura polémica como el Bailarín dentro del mundo flamenco ¿genios? ¿revolucionarios? ¿El Bailarín epicentro del baile flamenco? ¿en él converge y parte 'todo' el baile flamenco?... Y me gustaría abordar, de alguna manera, el tema de la homosexualidad, al serlo los dos Antonios y aparecer como tales en el libro, en la memoria de Rodolfo:
El cantaor principal que tenía Antonio
para los bailes era Antonio Mairena. Estuvo ocho años también. Un día, en
Albacete o Castellón, en un festival al aire libre, llovió y se suspendió la
función. Yo iba paseando con Mairena, charlando, preguntándole de dónde salía
el flamenco. Empezó a decirme cosas que ya se saben, como la de los vendedores,
que ofrecían sus artículos y lo hacían voceando y dándole soniquete y
sentimiento, para llamar la atención. Y vender. Era una biblioteca entera del
flamenco. Y eso que era parguela, ¿y qué? Pero no presumía nunca de ello, ni
hacía mariconadas ni nada. Eso no cambia para el que le gusta el flamenco,
porque el suyo era flamenco de verdad. Con ‘sustansia’, decía él. Le respetaban
todos. Era un compadre más para los flamencos.
Y no sólo el cante deMairena, también el de
otros cantaores de la época algunos de los cuales pertenecieron a la Compañía de Antonio como Rafael
Romero el Gallina, El Chaleco, Sernita de Jerez, Jarrito, Chano Lobato; y tocaorescomo Manuel Morao (Recientemente me encontré con Miguel, aficionado vallisoletano que montó la taberna flamenca La Acequia, y ha sido presidente de la Peña La Seguiriya, y me contó que había estado en Jerez de la Frontera, que entró en un tabanco y se encontró sentado al tío de Moraíto Chico; como buen aficionado que es, quiso saludarle, y se presentó; le dijo que era de Valladolid, y Morao mencionó que conocía a un bailaor de esa ciudad de cuando había estado con Antonio y cuyo nombre, ahora, no recordaba. "Rodolfo Otero", le dijo Miguel. Y el tocaor le pidió transmitiera sus saludos).
También habrá que hacer referencia al ballet clásico, uno de los ingredientes del ballet flamenco. Y hablar, ya que estamos y/o somos de aquí, del flamenco y los flamencos de Valladolid (Rodolfo también es una figura polémica con-para el flamenco vallisoletano).
Charla que contará como es habitual en esta cita con proyección de vídeos y el igualmente habitual debate, el encuentro de otras opiniones y más saberes que añadir por parte de quienes asisten y asistan.
Y la fiesta habitual posterior, la que da sentido a todo lo que sucede en la Tertulia.
El pasado viernes a las doce del mediodía, en la Biblioteca Pública de Valladolid, se concentraba un gentío de aficionad@s convocados por la noticia de la visita de La Farruca, La Serrata y el resto de su compañía venida a nuestra ciudad, porque esa noche presentaría en el Teatro Zorrilla el espectáculo, Del fuego y la memoria.
Aficionad@s al flamenco -much@s de la Tertulia-, músicos y bailaor@s de la ciudad, a l@s que se irían sumando otras personas que por la Biblioteca estaban, contagiados por un ambiente diferente; se palpaba una cierta excitación ¿alguna manifestación? Sí, del flamenco improvisao que iba a acontecer en ese momento.
Foto: Pablo Gestoso.
Empezaron en el vestíbulo de la Biblioteca entonando unos cantes, sonando toques, unas palmas.La Farruca y La Serrataescuchando a toda su troupe:
Foto: Pablo Gestoso.
las guitarras de David Caro y Fity Carrillo; el cante de Juanillorro, Javier Flores el Indio, Ezequiel Montoya, Juan Fernández el Negro; las palmas de los percusionistas El Eléctrico y Lolo Montoya. El soniquete se extendía por la Biblioteca a medida que los artistas subían las escaleras en dirección a la sala de lectura. Allí formaron el círculo y
ya caras alegres, sonrisas, asombro, excitación en aumento y ver un baile como nunca much@s habrán visto, en vivo y en directo -y me incluyo-. y otr@s sí; todos celebrabando el baile gitano y flamenco, explosivo.
Foto: Pablo Gestoso.
Y tras la explosión, al patio de la Biblioteca.
Foto: Pablo Gestoso.
Foto: Pablo Gestoso.
¡Al aire! Los jaleos se liberan entre l@s asistentes, la intensidad sube de nivel; hasta un grupo de niñ@s de visita en la Biblioteca se suma a la fiesta. Ah, el futuro. Habrá sido testigo de un momento único, el baile de La Farruca. Desde el otro día la gitanería flamenca de su baile se ha unido al conocimiento que vive, y se disfruta, en la Biblioteca.
Vámonos, vámonos. Dejemos los libros ahora bailando sus historias y saberes palpitando aún más en las estanterías, a estudiantes reactivad@s para devorarse sus estudios, una vibración flamenca resonando por el edificio. Y a la calle. Alegres. Agradecidos a los artistas y a quienes han hecho posible este acontecimiento en la Biblioteca Pública de nuestra ciudad, un regalo, otro.
Foto: Pablo Gestoso.
Se forman corrillos, se intercambian corrillos por la plaza, lo que pueda pasar a partir de ahora ya es otra juerga.
-Es un espectáculo que habla del origen del flamenco. El
flamenco, según he leído y oído de los mayores, empezó como una expresión del
alma, una expresión del pueblo gitano-andaluz; se reunían o manifestaban bien
celebrando una alegría o llorando una pena cantando, bailando o tocando la
guitarra. Y lo hacían de una manera improvisada. El flamenco no nació en un
conservatorio, ni poniéndole unos nombres a los pasos como en el ballet u otras
danzas. Lo que intento es agradecer y homenajear esa formación flamenca de la
que nadie habla, es una formación que es de la calle que también hay que
descubrir, conocer y sumergirse en el ambiente del flamenco para poder bailar,
tocar y cantar de una manera improvisada y que todo el mundo nos entendemos entre
nosotros, lo hagamos a compás y descifrando esos códigos, que solamente saben
las personas que se han formado en el ambiente flamenco.
-¿Por dónde iban los anteriores espectaculares?
-Hombre, los anteriores iban por otros lados. Siempre han
sido flamencos porque, yo siempre digo lo mismo, he tenido esas vivencias en
casa; de hecho, yo creo que sólo existe un flamenco. Cuando la gente dice esto
es un flamenco contemporáneo, esto es un flamenco clásico… yo creo que el
flamenco es flamenco, y todo lo demás son encuentros con otras músicas, o
fusiones como lo llaman la gente. Los anteriores espectáculos míos han sido un
poco más estructurados, han contado una historia en concreto. Esta vez no hay
historia, no hay argumento; y aunque todos sepamos que vamos a empezar por
seguiriyas y vamos a seguir por alegrías, todo lo que pasa en medio es una
aventura, una improvisación.
Han pasado un par de
semanas desde que Farruquito reapareciera en Valladolid, después de casi 15
años de ausencia –no por gusto suyo, suponemos conociendo cómo era esta ciudad
en esos años-, y se presentó con Improvisao, el casi último de sus espectáculos.
Llenó como tres cuartos de una sala de unos 1.700 asientos.
Queríamos verter aquí
una serie de impresiones sobre su baile, aquel día; que digamos no tuvo las
mejores condiciones ambientales ante el fervor, entusiasmo de la comunidad
gitana que se dio cita en la Sala Sinfónica del CC Miguel Delibes. Farruquito
fue recibido como una estrella pop adolescente por los guapos y guapas gitan@s,
que no pararon un instante, y hasta el final, de celebrar, agasajar, vitorear
al bailaor. Aún así, se tenía en mente su última actuación en esta ciudad, en
otras circunstancias de su vida, de su trayectoria artística, y con ese
recuerdo y el presente estas impresiones, que acompañamos de una entrevista
concedida a un medio de comunicación local, cuya versión original obra en
nuestro poder gracias a nuestro contacto en ese medio y de la que ofrecimos un
extracto no publicado en otra entrada de este blog (y aunque sea un texto superlargo,
creemos tiene interés).
-¿Se siente como guardián de las esencias del flamenco?
-Bueno, yo no diría que soy un guardián del flamenco, más bien
diría que soy un enamorado de los principios del flamenco, y de su evolución.
Me gusta ser fiel a lo que siento. A veces me han preguntado si me gustaría
mezclar con otras danzas, y siempre he respondido lo mismo, dejarme que aprenda
a bailar bien el flamenco y quizás algún día me atreva con otras danzas. Pienso
que es muy difícil mezclar, ya que el flamenco es tan difícil de descubrir
todos sus rincones. Para mí evolucionar no es irse a otros lugares, es
descubrir y descubrir en el mismo lugar.
-La mayoría conoce el baile de su abuelo Farruco por los
vídeos ¿los ve usted también?
-Claro, por supuesto, casi todos los días. Es algo que
necesito hacer, me recuerda la manera en que yo empecé, los consejos que me
daba, y porque es una satisfacción muy grande y un placer para los sentidos.
-Llama la atención la figura de su abuelo, un hombre
gordito, calvo, mayor, que sin embargo deja al espectador asombrado.
-Te deja así si no eres conocedor del flamenco; si eres conocedor
el flamenco es la única danza que permite exista Enrique el Cojo, que era cojo.
El flamenco es como una pintura abstracta, no es un retrato; el flamenco son
unos trazos que expresan, por lo tanto la estética pasa a un segundo plano
¿Cuál es la estética del flamenco? ¿la delgadez? ¿la altura? ¿la belleza? La
estética del flamenco es la transmisión y toda persona que transmita, haga que
se levante todo el vello de punta ese es flamenco sea cojo o manco.
-¿Qué diferencia su baile del de su abuelo?
-Muchísima. Él era un genio, yo soy un aprendiz todavía.
Tengo treinta y tres años, aunque haya tenido suerte en el reconocimiento,
lleve muchísimos años dedicado plenamente a seguir aprendiendo y aportar mi
grano de arena a esta difícil profesión. El flamenco es contar lo que uno es,
lo que uno vive, el cómo vivía mi abuelo, las maneras cómo transmitía las
sensaciones que vivía a través del lenguaje corporal del baile son diferentes,
hoy no se vive como antes, yo no siento exactamente igual que mi abuelo. Aparte
de las distancias con el genio, yo pienso que la verdad debe prevalecer en el
arte.
-Y con respecto a sus hermanos ¿Qué diferencias hay entre
usted y ellos (Farruco, Carpeta)?
-La misma. He vivido otra época, yo viví con mi abuelo,
ellos al ser más pequeños no tuvieron esa suerte. Lo bonito del flamenco es que
los tres, ahora, tenemos un espectáculo juntos (TR3S) y es curioso que la gente,
a simple vista, cree que bailamos igual, pero si se fija, aunque hagamos el
mismo paso, la expresión es tan distinta, con una postura tan diferente, con un
concepto tan personal. Creo que sería mejor bailarle que explicarle la
diferencia y usted lo notaría.
-La última vez que actuó en Valladolid fue hace más de diez
años en el Teatro Calderón ¿qué bailaor verá ahora el público vallisoletano?
-Un bailaor muy diferente. Al igual que uno va madurando
como persona, eso se representa en el escenario: como dijo alguna vez el torero
Belmonte se torea como se es, y yo digo lo mismo, se baila como se es. En todos
estos años uno va cambiando, sobre todo el compromiso que yo tengo hoy en día
con el flamenco, mucho mayor. Ahora me pongo más nervioso que antes, no sé por
qué, ¿será por la responsabilidad?, pero también al mismo tiempo lo disfruto
más. Cuando era un poco más joven tenía la sensación o la necesidad, mejor
dicho, de expresar un poco más lo que era la fuerza, la velocidad, la técnica,
en general; ahora no. Ahora intento expresar otras cosas, cómo soy, cuáles son
mis deseos y cómo el flamenco me emociona para que los demás se emocionen.
-Al terminar aquella actuación el maestro Rodolfo Otero, que
fue primer bailarín de la compañía de Antonio, al ser preguntado sobre, por
decirlo así, qué clase de baile era aquel, dijo: Es como un grifo, que se abre
y mana el agua con toda su fuerza. ¿Ese grifo sigue abierto?
-Siempre. Porque cómo se comparte el agua con los demás. Diferente
es la medida en la que abres el grifo, a veces en la juventud sale un chorro
con mucha fuerza como dijo este hombre,
y a veces uno intenta que salgan tres gotas que calme la sed de la misma
manera.
(Da la impresión que el baile para el Farruquito actual es un medio ¿para? no sabríamos decir con exactitud. Así como recordando ver bailar a su hermano Farruel baile para este parecía un fin en sí mismo. Farruquito tiene ahora muchos más recursos, y en esa variedad asombra, sigue atrayendo los sentidos; pero a quien más recuerda es a un maestro de baile, el que él practica, el de la escuela de su abuelo; y eso es mucho decir. Hay espontaneidad, ¿naturalidad?, dosificada tal vez, esas "tres gotas" que dice él, posiblemente. Un baile que busca emocionar, al menos el visto en Valladolid -en las condiciones que se produjo-, cosa que no había en aquella anterior visita, más de sentimiento en bruto, porasí decirlo. Tal vez las respuestas que ofrece en esta entrevista -en especial las dos últimas- dejen adivinar cuáles son sus objetivos, su relación con el hecho de bailar; de paso, podría venirle bien juntarse con el baile de Israel Galván, a veces hay que salir de uno mismo para poder verse mejor).
-La mayoría de aficionados o no al flamenco cuando se pone a
bailar flamenco o intentar algo parecido, es como si interpretaran un baile
parecido al suyo o al de su escuela.
-Bueno, me lo han preguntado varias veces y no sé bien que
decir. Por un lado, me gusta el hecho de ver que a la gente le gusta mi estilo.
Por otro, cuando doy clases a los alumnos les digo que es bonito que les guste
un estilo, el mío o el que sea, es bonito admirar a los bailaores, pero hay una
cosa que es muy importante y es la personalidad. Yo creo que hay que hacer los
pasos que uno aprende de una manera particular, para que el abanico de los
estilos y las posibilidades de expresión se abra mucho más. Buscar dentro de
uno mismo para sacar algún día algo distinto a los demás.
-¿Cuáles son sus retos de cara al futuro?
-Bueno, yo no soy muy ambicioso. Sí, uno de mis retos es
seguir bailando por todo el mundo pata que todo el mundo pueda disfrutar del
flamenco. Y una de las cosas así más concreta que me gustaría hacer es una película
de la vida de mi familia, de mi abuelo Farruco para que la gente entienda que
se baila como se es, y para eso hay que investigar el origen de esa forma de
expresión. Y creo que a través de una película se entendería por qué nosotros
bailamos así.
-A propósito de esto ha participado en una película norteamericana, Buscando el compás, ¿de qué trata?
-Sí ya la hemos rodado, se estrenará el año que viene, si
dios quiere, y yo hago un papel pequeñito, pero para mí ha sido muy grande la
experiencia porque me han tratado con mucho cariño, con mucho respeto y,
además, el mensaje, pienso que es muy bonito. Trata de una muchacha que pierde
a su marido y cae en una depresión. Casualmente yo viajo a San Francisco, en la
película hago de mí mismo, y cuando llego a la academia donde ella estudia
flamenco me encuentro con ella y yo a través del flamenco y de un par de
consejos que le doy, toma el flamenco como terapia y es capaz de salir adelante.
El flamenco habla mucho de eso, es una filosofía, es una terapia, no es un
ejercicio ni una habilidad.